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INSTITUCIONAL

domingo, 10 de mayo de 2009

Sobre la violencia escolar.

Parece que los hechos de violencia nos toman por sorpresa, “No son chicos violentos”, “Nunca tuvimos problemas así”, escuchamos decir en las escuelas; cuando el tema sale a flote, todos los años, casi inevitablemente.Teniendo en cuenta que la escuela es considerada la arena donde se estructuran subjetividades, se reproducen significaciones y específicamente, se dirime la relación entre “saber y poder”. Y que los procesos de enseñanza y aprendizaje (decimos procesos, porque son dos los sujetos que se interrelacionan, el que enseña y el que aprende, y es saludable que no sea siempre en ese orden: docente-alumno, todos tenemos algo que enseñar, y algo que aprender) pueden abordarse desde una relación dialógica, entre sujetos: directivos, docentes, alumnos, que piensan, sienten y conviven en un sitio diariamente. Que deben dialogar, discutir y respetarse en tanto sujetos únicos, en un ambiente democrático; o por el contrario, puede establecerse una relación verticalista y autoritaria, sin lugar para el disenso. Desde esta perspectiva se tiende a considerar al alumno como tabula rasa, sin nada en la cabeza, que debe ser llenada por la única palabra autorizada: la del docente (independientemente del nivel educativo, sucede en el primario, secundario y hasta en el universitario).Creemos conveniente decir que la violencia escolar no comienza ni termina en los nudillos del adolescente. Violencia también es discriminar, mitificar, estereotipar, excluir; violencia es la imposibilidad de tomar la palabra… “Violencia es mentir” grita un paredón escolar.No hay peor estereotipo que aquel que se mueve, que escapa a los esquemas rígidos, configurados por la experiencia. Y eso molesta mucho, porque cuestiona nuestro automático pensar cotidiano, y se transforma en un problema con tres posibles soluciones:1. Cuestionarlo: replantear su validez y utilidad, de ese mecanismo de ahorro de pensamiento llamado estereotipo.2. Ignorarlo: no sólo al estereotipo, sino también a toda la situación que amenaza nuestros esquemas.3. Por último, y quizás la más común, Aceptarlo, como una excepción, la que confirma la regla.Recuerdo las palabras que una docente me dijo cuando promediaba mis estudios secundarios, a modo de sugerencia profética: “¿Por qué en lugar de estar acá no te vas a la cancha?” (Sic).Para ella, mi lugar natural estaba en las tribunas de una cancha de fútbol, y no en ese pupitre del fondo, de aquel triste establecimiento, del conurbano bonaerense.Muchos autores, sostienen que la cultura escolar contribuye en la construcción de identidades ciudadanas y en la definición de un futuro posible para quienes son considerados, de antemano, excluidos del modelo social y político. ¿Era esa la intención de la docente?, ¿Qué mandato implícito estaba cumpliendo?, ¿Lo hacía a modo personal, porque mi presencia en ese aula era injustificada? Pensamos, sin embargo, que esta problemática tiene fuertes raíces en las diferentes dimensiones de la sociedad, o como sostiene Tadeo Da Silva: “El prejuicio y la discriminación no constituyen una patología individual o psicológica, sino que dependen de categorías y clasificaciones que están profundamente arraigadas en la historia y el tejido social”Por tal motivo no podemos buscar soluciones específicas, para casos particulares, porque estaremos corriendo detrás, de una problemática en la que perdemos todos.Entonces ¿Qué hacer?...En primer lugar, no debemos negar la problemática; considerando también violencia a ciertas actitudes de nuestro accionar cotidiano (no puede exigir respeto quien no lo imparte). Aunque no nos guste, los paredones y rejas de las escuelas no evitan que sea atravesada por la realidad y sus problemáticas. Desde las instituciones, generalmente se intenta ocultar, negar las situaciones de violencia, o aceptar que el problema existe, pero existe afuera: se dice “Si sucedió en la vereda de la escuela no es violencia escolar”, sabemos que los límites espaciales cobran mucha importancia dentro de la burocracia institucional, no sólo local sino también ministerial; pero esto no debe negar nuestros sentimientos de empatía, lo primordial es preocuparnos tanto por la víctima como por el victimario, en una situación de violencia.Además, creemos conveniente el desarrollo de talleres que fomenten el trabajo en grupo, donde se discutan temas tales como: la convivencia, el respeto, la violencia (porque lo que para unos chicos es violencia, para otros no lo es) pero esto no tiene que limitarse a una materia, todos los docentes de la institución deben tomarse un tiempo para hablar y conocer al grupo, desde el primer día de clase; y si es posible preguntar por los objetivos inmediatos que tiene el curso, para de esta manera unificar fuerzas en pos de un fin común. Canalizando de manera positiva, energías, deseos y expectativas. Generalmente los hechos de violencia física no ocurren en la primera semana de clases, y es cuando más espacio tenemos para actuar en la prevención.¿Qué buscamos con este artículo? Que analicemos nuestro accionar cotidiano, que respetemos el vínculo pedagógico que se establece en las aulas. Nuestros niños y adolescentes merecen nuestro resguardo, porque no debemos olvidar que somos adultos con una personalidad constituida, que cargamos con muchas crisis sobre nuestras espaldas, y aunque parezcan intratables, bravíos y extraños nuestros alumnos, son ellos los que más necesitan de nosotros, a ellos les duele mucho más el mundo, afortunadamente, todavía no se les han formado callos en el alma (esa dureza, que se empecina en volvernos insensibles ante el sufrimiento del otro). No neguemos la problemática y comencemos a actuar, existe mucho trabajo para los gabinetes, centros de orientación pedagógica o cualquier dispositivo institucional que se implemente para tratar tales problemáticas, desde miradas multidimensionales.
Es hora de llamar al diálogo, de respetar, de ayudar y amparar a nuestros alumnos.
Daniel Vásquez
Licenciado en Ciencias de la Educación

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